Este espacio virtual nos permitirá compartir textos y materiales del curso de tercer año de literatura CBU. Durante el curso se subirán al blog distintas lecturas, algunas serán de estudio obligatorio, otras serán lecturas complementarias que ayudarán a tratar los temas abordados en clase. ¡Bienvenidos al blog!
viernes, 21 de febrero de 2014
miércoles, 12 de febrero de 2014
La miel silvestre
Tengo
en el Salto Oriental dos primos, hoy hombres ya, que a sus doce años, y en
consecuencia de profundas lecturas de Julio Verne, dieron en la rica empresa de
abandonar su casa para ir a vivir al monte. Este queda a dos leguas de la ciudad.
Allí vivirían primitivamente de la caza y la pesca. Cierto es que los dos
muchachos no se habían acordado particularmente de llevar escopetas ni
anzuelos; pero de todos modos el bosque estaba allí, con su libertad como
fuente de dicha, y sus peligros como encanto.
Desgraciadamente,
al segundo día fueron hallados por quienes les buscaban. Estaban bastante
atónitos todavía, no poco débiles, y con gran asombro de sus hermanos
menores--iniciados también en Julio Verne--sabían aún andar en dos pies y recordaban
el habla.
Acaso,
sin embargo, la aventura de los dos robinsones fuera más formal, a haber tenido
como teatro otro bosque menos dominguero. Las escapatorias llevan aquí en
Misiones a límites imprevistos, y a tal extremo arrastró a Gabriel Benincasa el
orgullo de sus strom-boot.
Benincasa,
habiendo concluído sus estudios de contaduría pública, sintió fulminante deseo
de conocer la vida de la selva. No que su temperamento fuera ese, pues antes
bien era un muchacho pacífico, gordinflón y de cara uniformemente rosada, en
razón de gran bienestar. En consecuencia, lo suficientemente cuerdo para
preferir un té con leche y pastelitos a quién sabe qué fortuita e infernal
comida del bosque. Pero así como el soltero que fué siempre juicioso, cree de
su deber, la víspera de sus bodas, despedirse de la vida libre con una noche de
orgía en compañía de sus amigos, de igual modo Benincasa quiso honrar su vida
aceitada con dos o tres choques de vida intensa. Y por este motivo remontaba el
Paraná hasta un obraje, con sus famosos strom-boot.
Apenas
salido de Corrientes, había calzado sus botas fuertes, pues los yacarés de la
orilla calentaban ya el paisaje. Mas a pesar de ello el contador público
cuidaba mucho de su calzado, evitándole arañazos y sucios contactos.
De
este modo llegó al obraje de su padrino, y a la hora tuvo éste que contener el
desenfado de su ahijado.
--¿A dónde vas
ahora?--le había preguntado sorprendido.
--Al monte; quiero
recorrerlo un poco--repuso Benincasa, que acababa de colgarse el winchester al
hombro.
--¡Pero infeliz! no vas
a poder dar un paso. Sigue la picada, si quieres... O mejor, deja esa arma y
mañana te haré acompañar por un peón.
Benincasa
renunció. No obstante, fué hasta la vera del bosque y se detuvo. Intentó
vagamente un paso adentro, y quedó quieto. Metióse las manos en los bolsillos,
y miró detenidamente aquella inextricable maraña, silbando débilmente aires
truncos. Después de observar de nuevo el bosque a uno y otro lado, retornó
bastante desilusionado.
Al
día siguiente, sin embargo, recorrió la picada central por espacio de una
legua, y aunque su fusil volvió profundamente dormido, Benincasa no deploró el
paseo. Las fieras llegarían poco a poco.
Llegaron
éstas a la segunda noche--aunque de un carácter singular.
Dormía
profundamente, cuando fué despertado por su padrino.
--¡Eh, dormilón!
levántate que te van a comer vivo.
Benincasa
se sentó bruscamente en la cama, alucinado por la luz de los tres faroles de
viento que se movían de un lado a otro en la pieza. Su padrino y dos peones
regaban el piso.
--¿Qué hay, qué
hay?--preguntó, echándose al suelo.
--Nada... cuidado con
los pies; la corrección.
Benincasa
había sido ya enterado de las curiosas hormigas a que llamamos la corrección. Son pequeñas, negras,
brillantes, y marchan velozmente en ríos más o menos anchos. Son esencialmente
carnívoras. Avanzan devorando todo lo que encuentran a su paso: arañas,
grillos, alacranes, sapos, víboras, y a cuanto ser no puede resistirles. No hay
animal, por grande y fuerte que sea, que no huya de ellas. Su entrada en una
casa supone la exterminación absoluta de todo ser viviente, pues no hay rincón
ni agujero profundo donde no se precipite el río devorador. Los perros aullan,
los bueyes mugen, y es forzoso abandonarles la casa, a trueque de ser roído en
diez horas hasta el esqueleto. Permanecen en el lugar uno, dos, hasta cinco
días, según su riqueza en insectos, carne o grasa. Una vez devorado todo, se
van.
No
resisten sin embargo a la creolina o droga similar, y como en el obraje
abundaba aquella, antes de una hora quedó libre de la corrección.
Benincasa
se observaba muy de cerca en los pies la placa lívida de la mordedura.
--Pican muy fuerte,
realmente--dijo sorprendido, levantando la cabeza a su padrino.
Este,
para quien la observación no tenía ya ningún valor, no respondió, felicitándose
en cambio de haber contenido a tiempo la invasión. Benincasa reanudó el sueño,
aunque sobresaltado toda la noche por pesadillas tropicales.
Al
día siguiente se fué al monte, esta vez con un machete, pues había concluído
por comprender que tal expediente le sería en el monte mucho más útil que el
fusil. Cierto es que su pulso no era maravilloso y su acierto, mucho menos.
Pero de todos modos lograba trozar las ramas, azotarse la cara y cortarse las
botas, todo en uno.
El
monte crepuscular y silencioso lo cansó pronto. Dábale la impresión--exacta por
lo demás--de un escenario visto de día. De la bullente vida tropical, no hay
más que el teatro helado; ni un animal, ni un pájaro, ni un ruido casi.
Benincasa volvía, cuando un sordo zumbido le llamó la atención. A diez metros
de él, en un tronco hueco, diminutas abejas aureolaban la entrada del agujero.
Se acercó con cautela, y vió en el fondo de la abertura diez o doce bolas
oscuras, del tamaño de un huevo.
--Esto es miel--se dijo
el contador público con íntima gula.--Deben de ser bolitas de cera, llenas de
miel...
Pero
entre él, Benincasa, y las bolsitas, estaban las abejas. Después de un momento
de desencanto, pensó en el fuego: levantaría una buena humareda. La suerte
quiso que mientras el ladrón acercaba cautelosamente la hojarasca húmeda,
cuatro o cinco abejas se posaran en su mano, sin picarlo. Benincasa cogió una
en seguida, y oprimiéndole el abdomen constató que no tenía aguijón. Su saliva,
ya liviana, se clarificó en milífica abundancia. ¡Maravillosos y buenos animalitos!
En
un instante el contador desprendió las bolsitas de cera, y alejándose un buen
trecho para escapar al pegajoso contacto de las abejas, se sentó en un raigón.
De las doce bolas, siete contenían polen. Pero las restantes estaban llenas de
miel, una miel oscura, de sombría transparencia, que Benincasa paladeó
golosamente. Sabía distintamente a algo. ¿A qué? El contador no pudo
precisarlo. Acaso a resina de frutales o de eucalipto. Y por igual motivo,
tenía la densa iel un vago dejo áspero. ¡Mas qué perfume, en cambio!
Benincasa,
una vez bien seguro de que sólo cinco bolsitas le serían útiles, comenzó. Su
idea era sencilla: tener suspendido el panal goteante sobre su boca. Pero como
la miel era espesa, tuvo que agrandar el agujero, después de haber permanecido
medio minuto con la boca inútilmente abierta. Entonces la miel asomó,
adelgazándose en pesado hilo hasta la lengua del contador.
Uno
tras otro, los cinco panales se vaciaron así dentro de la boca de Benincasa.
Fué inútil que prolongara la suspensión y mucho más que repasara los globos
exhaustos; tuvo que resignarse.
Entretanto,
la sostenida posición de la cabeza en alto lo había mareado un poco. Pesado de
miel, quieto y los ojos bien abiertos, Benincasa consideró de nuevo el monte
crepuscular. Los árboles y el suelo tomaban posturas por demás oblicuas, y su
cabeza acompañaba el vaivén del paisaje.
--Qué curioso
mareo...--pensó el contador--y lo peor es...
Al
levantarse e intentar dar un paso, se había visto obligado a caer de nuevo
sobre el tronco. ¡Sentía su cuerpo de plomo, sobre todo las piernas, como si
estuvieran inmensamente hinchadas. Y los pies y las manos le hormigueaban.
--¡Es muy raro, muy
raro, muy raro!--se repitió estúpidamente
Benincasa,
sin escrudiñar sin embargo el motivo de esa rareza.—Como si tuviera hormigas...
la corrección--concluyó. Y de pronto la respiración se le cortó en seco, de espanto.
--¡Debe de ser la
miel!... ¡Es venenosa!... ¡Estoy envenenado!
Y
a un segundo esfuerzo para incorporarse, se le erizó el cabello de terror; no
había podido ni aún moverse. Ahora la sensación de plomo y el hormigueo subían
hasta la cintura. Durante un rato el horror de morir allí, miserablemente solo,
lejos de su madre y sus amigos, le cohibió todo medio de defensa.
--¡Voy a morir
ahora!... ¡De aquí a un rato voy a morir!... ¡Ya no puedo mover la mano!...
En
su pánico constató sin embargo que no tenía fiebre ni ardor de garganta, y el
corazón y pulmones conservaban su ritmo normal. Su angustia cambió de forma.
--¡Estoy paralítico, es
la parálisis! ¡Y no me van a encontrar!...
Pero
una invencible somnolencia comenzaba a apoderarse de él, dejándole íntegras sus
facultades, a la par que el mareo se aceleraba. Creyó así notar que el suelo
oscilante se volvía negro y se agitaba vertiginosamente. Otra vez subió a su
memoria el recuerdo de la corrección, y en su pensamiento se fijó como una
suprema angustia, la posibilidad de que eso negro que invadía el suelo...
Tuvo
aún fuerzas para arrancarse a ese último espanto, y de pronto lanzó un grito,
un verdadero alarido en que la voz del hombre recobra la tonalidad del niño
aterrado: por sus piernas trepaba un precipitado río de hormigas negras.
Alrededor de él la corrección devoradora oscurecía el suelo, y el contador
sintió por bajo el calzoncillo, el río de hormigas carnívoras que subían.
Su
padrino halló por fin dos días después, sin la menor partícula de carne, el
esqueleto cubierto de ropa de Benincasa. La corrección que merodeaba aún por
allí, y las bolsitas de cera, lo iluminaron suficientemente.
No
es común que la miel silvestre tenga esas propiedades narcóticas o paralizantes,
pero se la halla. Las flores con igual carácter abundan en el trópico, y ya el
sabor de la miel denuncia en la mayoría de los casos su condición--tal el dejo
a resina de eucalipto que creyó sentir Benincasa.
Horacio
Quiroga
Decálogo del perfecto cuentista
I
Cree
en un maestro -Poe, Maupassant, Kipling, Chejov- como en Dios mismo.
II
Cree
que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas
hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.
III
Resiste
cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más
que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia
IV
Ten
fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo
deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.
V
No
empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento
bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres
últimas.
VI
Si
quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba
el viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas
para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si
son entre sí consonantes o asonantes.
VII
No
adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un
sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color
incomparable. Pero hay que hallarlo.
VIII
Toma
a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra
cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no
pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela
depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.
IX
No
escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres
capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del
camino
X
No
pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia.
Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de
tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene
la vida del cuento.
Horacio
Quiroga
Algunos aspectos del cuento.
(…)Un cuento, en última instancia,
se mueve en ese plano del hombre donde la vida y la expresión escrita de esa
vida libran una batalla fraternal, si se me permite el término; y el resultado
de esa batalla es el cuento mismo, una síntesis viviente a la vez que una vida
sintetizada, algo así como un temblor de agua dentro de un cristal, una
fugacidad en una permanencia. Solo con imágenes se puede trasmitir esa alquimia
secreta que explica la profunda resonancia que un gran cuento tiene entre
nosotros, y que explica también por qué hay muchos cuentos verdaderamente
grandes.
Para entender el carácter peculiar del
cuento se le suele comparara con la novela, género mucho más popular y sobre el
cual abundan las preceptivas. Se señala, por ejemplo, que la novela se
desarrolla en el papel, y por lo tanto en el tiempo de la lectura, sin otro
límite que el agotamiento de la materia novelada; por su parte, el cuento parte
de la noción de límite, y en primer término de límite físico, al punto que en
Francia, cuando un cuento excede las veinte páginas, toma ya el nombre de
nouvelle, género a caballo entre el cuento y la novela propiamente dicha. En
ese sentido, al novela y el cuento se dejan comparar analógicamente con el cine
y la fotografía, en la medida en que una película es en principio un “orden
abierto”, novelesco, mientras que una fotografía lograda presupone una ceñida
limitación previa, impuesta en parte por el reducido campo que abarca la cámara
y por la forma en que el fotógrafo utiliza estéticamente esa limitación. No sé
si ustedes han oído hablar de su arte a un fotógrafo profesional; a mí siempre
me ha sorprendido el que se exprese tal como podría hacerlo un cuentista en
muchos aspectos. Fotógrafos de la calidad de un Cartier-Bresson o de un Brasai
definen su arte como una aparente paradoja: la de recortar un fragmento de la
realidad, fijándolo determinados límites, pero de manera tal que ese recorte
actúe como una explosión que abre de par en par una realidad mucho más amplia,
como una visión dinámica que trasciende espiritualmente el campo abarcado por
la cámara. Mientras en el cine, como en la novela, la captación de esa realidad
más amplia y multiforme se logra mediante el desarrollo de elementos parciales,
acumulativos, que no excluyen, por supuesto, una síntesis que dé el “clímax” de
la obra, en una fotografía o en un cuento de gran calidad se procede
inversamente, es decir que el fotógrafo o el cuentista se ven precisados a
escoger y limitar una imagen o un acaecimiento que sean significativos, que no
solamente valgan por sí mismos, sino que sean capaces de actuar en el
espectador o en el lector como una especie de apertura, de fermento que
proyecta la inteligencia y la sensibilidad hacia algo que va mucha más allá de
la anécdota visual o literaria contenidas en la foto o en el cuento. Un
escritor argentino, muy amigo del boxeo, me decía que en ese combate que se
entabla entre un texto apasionante y su lector, la novela gana siempre por
puntos, mientras que el cuento debe ganar por knock-out. Es cierto, en la
medida en que la novela acumula progresivamente sus efectos en el lector,
mientras que un buen cuento es incisivo, mordiente, sin cuartel desde las
primeras frases. No se entienda esto demasiado literalmente, porque el buen
cuentista es un boxeador muy astuto, y muchos de sus golpes iniciales pueden
parecer poco eficaces cuando, en realidad, están minando ya las resistencias
más sólidas del adversario. Tomen ustedes cualquier gran cuento que prefieran,
y analicen su primera página. Me sorprendería que encontraran elementos
gratuitos, meramente decorativos. El cuentista sabe que no puede proceder
acumulativamente, que no tiene por aliado al tiempo; su único recurso es
trabajar en profundidad, verticalmente, sea hacia arriba o hacia abajo del
espacio literario. Y esto, que así expresado parece una metáfora, expresa sin
embargo lo esencial del método. El tiempo del cuento y el espacio del cuento
tienen que estar como condenados, sometidos a una alta presión espiritual y formal
para provocar esa “apertura” a que me refería antes. Basta preguntarse por qué
un determinado cuento es malo. No es malo por el tema, porque en literatura no
hay temas buenos ni temas malos, solamente hay un buen o un mal tratamiento del
tema. (…) Un cuento es malo cuando se lo
escribe sin esa tensión que debe manifestarse desde las primeras palabras o las
primeras escenas. Y así podemos adelantar ya que las nociones de significación,
de intensidad y de tensión han de permitirnos, como se verá, acercarnos mejor a
la estructura misma del cuento.
Decíamos
que el cuentista trabaja con un material que calificamos de significativo. El
elemento significativo del cuento parecería residir principalmente en su tema,
en el hecho de escoger un acaecimiento real o fingido que posea esa misteriosa
propiedad de irradiar algo más allá de sí mismo, al punto que un vulgar
episodio doméstico, como ocurre en tantos admirables relatos (…) y se convierte
en el resumen implacable de una cierta condición humana, o en el símbolo
quemante de un orden social o histórico. Un cuento es significativo cuando
quiebra sus propios límites con esa explosión de energía espiritual que ilumina
bruscamente algo que va mucho más allá de la pequeña y a veces miserable
anécdota que cuenta. (…)La idea de
significación no puede tener sentido si no la relacionamos con las de
intensidad y de tensión, que ya no se refieren solamente al tema sino al
tratamiento literario de ese tema, a la técnica empleada para desarrollar el
tema. Y es aquí donde, bruscamente, se produce el deslinde entre el buen y el
mal cuentista. Por eso habremos de detenernos con todo el cuidado posible en
esta encrucijada, para tratar de entender un poco más esa extraña forma de vida
que es un cuento logrado, y ver por qué está vivo mientras otros, que
aparentemente se le parecen, no son más que tinta sobre papel, alimento para el
olvido.
Un
cuentista es un hombre que de pronto, rodeado de la inmensa algarabía del
mundo, comprometido en mayor o en menor grado con la realidad histórica que lo
contiene, escoge un determinado tema y hace con él un cuento. Este escoger un
tema no es tan sencillo. A veces el cuentista escoge, y otras veces siente como
si el tema se le impusiera irresistiblemente, lo empujara a escribirlo. En mi
caso, la gran mayoría de mis cuentos fueron escritos —cómo decirlo— al margen
de mi voluntad, por encima o por debajo de mi consciencia razonante, como si yo
no fuera más que un médium por el cual pasaba y se manifestaba una fuerza
ajena. Pero eso, que puede depender del temperamento de cada uno, no altera el
hecho esencial, y es que en un momento dado hay tema, ya sea inventado o
escogido voluntariamente, o extrañamente impuesto desde un plano donde nada es
definible. Hay tema, repito, y ese tema va a volverse cuento.
A
mí me parece que el tema del que saldrá un buen cuento es siempre excepcional,
pero no quiero decir con esto que un tema deba de ser extraordinario, fuera de
lo común, misterioso o insólito. Muy al contrario, puede tratarse de una
anécdota perfectamente trivial y cotidiana. Lo excepcional reside en una
cualidad parecida a la del imán; un buen tema atrae todo un sistema de
relaciones conexas, coagula en el autor, y más tarde en el lector, una inmensa
cantidad de nociones, entrevisiones, sentimientos y hasta ideas que flotan
virtualmente en su memoria o su sensibilidad; un buen tema es como un sol, un
astro en torno al cual gira un sistema planetario del que muchas veces no se
tenía consciencia hasta que el cuentista, astrónomo de palabras, nos revela su
existencia. O bien, para ser más modestos y más actuales a la vez, un buen tema
tiene algo de sistema atómico, de núcleo en torno al cual giran los electrones
(…)
He
aquí al cuentista, que ha escogido un tema valiéndose de esas sutiles antenas
que le permiten reconocer los elementos que luego habrán de convertirse en obra
de arte. El cuentista está frente a su tema, frente a ese embrión que ya es
vida, pero que no ha adquirido todavía su forma definitiva. Para él ese tema
tiene sentido, tiene significación. Pero si todo se redujera a eso, de poco
serviría; ahora, como último término del proceso, como juez implacable, está
esperando el lector, el eslabón final del proceso creador, el cumplimiento o
fracaso del ciclo. Y es entonces que el cuento tiene que nacer puente, tiene
que nacer pasaje, tiene que dar el salto que proyecte la significación inicial,
descubierta por el autor, a ese extremo más pasivo y menos vigilante y muchas
veces hasta indiferente que se llama lector. Los cuentistas inexpertos suelen caer
en la ilusión de imaginar que les basta escribir lisa y llanamente un tema que
los ha conmovido, para conmover a su turno a los lectores. Incurren en la
ingenuidad de aquel que encuentra bellísimo a su hijo, y da por supuesto que
todos los demás lo ven igualmente bello. Con el tiempo, con los fracasos, el
cuentista capaz de superar esa primera etapa ingenua, aprende que en la
literatura no bastan las buenas intenciones. Descubre que para volver a crear
en el lector esa conmoción que lo llevó a él a escribir el cuento, es necesario
un oficio de escritor, y que ese oficio consiste, entre muchas otras cosas, en
lograr ese clima propio de todo gran cuento, que obliga a seguir leyendo, que
atrapa la atención, que aisla al lector de todo lo que lo rodea para después,
terminado el cuento, volver a conectarlo con sus circuntancias de una manera
nueva, enriquecida, más honda o más hermosa. Y la única forma en que puede
conseguirse este secuestro momentáneo del lector es mediante un estilo basado
en la intensidad y en la tensión, un estilo en el que los elementos formales y
expresivos se ajusten, sin la menor concesión, a la índole del tema, le den su
forma visual y auditiva más penetrante y original, lo vuelvan único,
inolvidable, lo fijen para siempre en su tiempo y en su ambiente y en su
sentido más primordial. Lo que llamo intensidad en un cuento consiste en la
eliminación de todas las ideas o situaciones intermedias, de todos los rellenos
o fases de transición que la novela permite e incluso exige.
Julio
Cortázar
(Originalmente publicado en Diez años de la revista “Casa de las
Américas”, nº 60, julio 1970, La Habana)
La función del Arte.
Es
mediodía y James Baldwin está caminando con un amigo por las calles del sur de
la isla de Manhattan. La luz roja los detiene en una esquina.
-
Mira- le dijo el amigo, señalando el suelo. Baldwin
mira. No ve nada.
-
¿Ves? ¿Estás viendo?
Y
entonces Baldwin clava la mirada y ve. Ve una mancha de aceite, ve el arcoíris.
Y más adentro, charco adentro, la calle pasa y la gente pasa por la calle, los
náufragos y los locos y los magos y el mundo entero pasa, asombroso mundo lleno
de mundos que en el mundo fulguran; y así, gracias a un amigo, Baldwin ve, por
primera vez en su vida, ve.
Eduardo Galeano
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